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Fracasamos poco, muy poco diría yo.

Si pienso en cómo debí aprender a andar , o a comer o, de esto me acuerdo más, montar en bici, tengo la impresión de que he fracasado poco.

Recuerdo cómo aprendí a pedalear sobre dos ruedas.

Estaba en el campo y me dejaba caer por una cuesta, la mecánica, la física y el sentido común hicieron el resto.

Y los resultados no fueron malos,

Aunque las rodillas quedaron algo magulladas mi ego y motivación estaba por las nubes.

Años después, pedaleo, no exento de soltura, con mi bici de paseo.

Aprendí cayendo una y otra vez por esa cuesta, amoldando mi cuerpo y mente para, finalmente, tener éxito.

De los fracasos se aprende si queremos que sea así.

Si no nos rendimos , si reorientamos nuestros objetivos y vamos dando los pasos oportunos  para conseguir aquello que queremos.

Y, también,  si tenemos una visión de lo que queremos, normalmente este aspecto lo dejamos atrás, pero todo comienza por una visión: “quiero montar en bici, así, como ese, voy a ir al río o subir la montaña…”.

Estamos acostumbrados a ver sólo una de las caras del fracaso, la que nos sale mal,  normalmente, de consecuencias funestas y sin retorno,  y no estamos educados a aprender la fórmula correcta para hacerlo bien en la próxima vez, en el siguiente intento.

De esta forma el fracaso no es algo definitivo sino un paso natural hacia el éxito.

Las empresas y organizaciones de cualquier tipo y condición tienden a ocultar el fracaso.

Obvian el camino natural hacia el éxito y de alguna forma privan a sus miembros de ofrecerles un “espacio de seguridad” donde con naturalidad y profesionalidad aprenden, no sólo del ahora sino también de la historia en la que se encuentran.

En IBM, cuentan,y es importante contar las “historias”  si es exacto o no, es lo de menos, cuentan esto…

Un prometedor ejecutivo en formación de IBM se metió en una operación arriesgada para la empresa y llegó a perder más de 10 millones de dólares. Cuando Tom Watson, fundador de la compañía,  llamó al nervioso ejecutivo a su oficina, el joven dijo: “Supongo que quiere mi renuncia”. Y Watson respondió: “No lo dirá en serio. ¡Nos hemos gastado 10 millones de dólares en su formación!”.

Tal vez sería bueno tener en cuenta estos “Tips del fracaso”:

1.- Aprenda a fracasar, lo importante es aprender.

2.- Siga su visión, con coraje para modificarla si es necesario, pero sígala.

3.- Cree para sí,y en su entorno,  un espacio dónde el fracaso sea un “trampolín” y no una “pesada losa”.

4.- Cuente lo que le pasa, cree su propia historia. Las historias nos conmueven y motivan.

Fracase al aprender.

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CUBO

LA ILUSIÓN DEL CONTROL Y SU PÉRDIDA

La geología tiene mucho que aportar a la ciencia que estudia el comportamiento humano. No he enloquecido (o, por mejor decir, esta frase no es la que lo evidencia): Habéis leído bien.

Susan Kieffer, de la Universidad de Illinois ha trabajado largamente en un campo tan interesante como seguramente desolador, y concluye que, en contra de la creencia popular, seguimos teniendo poquísimo control sobre la naturaleza.

No pone como ejemplo desastres como el tsunami de Sumatra y sus trescientos mil fallecidos, sino eventos mucho menores pero que, a pesar de eso, pusieron en solfa el funcionamiento ordinario de Europa, como la erupción de ese volcán de nombre impronunciable (Eyjafjallajökull) que cerró nuestro espacio aéreo durante muchos días consecutivos.

A pesar de eso, la profesora llama nuestra atención sobre el hecho de que el hombre sigue construyendo y habitando en zonas que son de alto riesgo en cuanto a potenciales desastres naturales. Es verdad que hay poblaciones que no pueden elegir: viven donde les toca. Pero otras muchas sí pueden, a pesar de lo cual se entregan a la estadística y al wishful thinking para intentar dormir tranquilos.

Tendemos a creer, sobre todo apoyándonos en el fantástico desarrollo de la tecnología en todos los ámbitos, que controlamos lo que pasa en nuestra casa, en nuestra ciudad y en el mundo, que todo está en orden y enjaretado… hasta que constatamos que no es así. Los terremotos se sienten en muchos sitios y dañan muchos otros. Nuestra familia, tan en orden en ocasiones, se ve zarandeada por una repentina enfermedad, un accidente de tráfico o un fuerte revés económico.

Lo cierto es que nuestro cerebro nos extiende cheques de certeza que el mundo real no puede pagar. Y llegado el vencimiento de pago, lo menos que hacemos es rebelarnos contra lo que más a mano tengamos, sea el destino, la injusticia, la naturaleza, la meteorología o la suerte. No está todo bajo control. Repetid conmigo: “No todo está bajo control”

Así es la vida.

Llegados a este punto, lo esencial es qué hacemos, cómo afrontamos el día siguiente.

No vamos a acogernos aquí al recurso facilón de proponer que se ponga al mal tiempo buena cara, o a decir que hay que ver el lado positivo de las cosas (a veces las cosas no tienen un lado positivo).

Es muy difícil saber qué hacer, pero intentemos al menos saber qué no hacer.

Y en este punto, me permito recordar el contrato de indiferencia mutua que con su habitual lucidez nos describió Norman Geras, esa idea que refleja la tantas veces letal pasividad que un ser humano muestra ante la suerte de otro.

No podemos controlar lo que pasa, o no todo lo que pasa. No podemos influir todo lo que nos gustaría en el devenir de los acontecimientos que nos afectan. Pero sí podemos intentar que ese perverso contrato de indiferencia mutua no llegue ni a firmarse ni a hacerse efectivo.

Quitémosle la razón a Norman Geras. Seguro que él se sentirá tan feliz como nosotros.

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La neuroarquitectura es una disciplina emergente en Estados Unidos que trata de explicar cómo cada aspecto de un entorno arquitectónico, podría influir sobre determinados procesos cerebrales, como los que tienen que ver con el estrés, la emoción y la memoria.

También ayuda a comprender cómo el hábitat en el que vivimos afecta a nuestra salud física y mental.

Hoy vamos a ver cómo el espacio que nos rodea puede influir en nuestra vida y en nuestro estado de ánimo, por tanto vamos a ser capaces de transformarlo según nuestras necesidades y nuestros gustos.

¿Qué relación existe entre la decoración y el estado de ánimo?

Fácil de responder si pensamos por un momento como nos sentiríamos en una habitación oscura, desordenada, descuidada.., en cambio piensa en una habitación agradable, limpia, con colores bonitos y muebles adecuados.

Precisamente esta sensación es la que te va a influir en tu estado de ánimo. Si alrededor hay paz y tranquilidad también la  habrá  en tu interior, por eso en la decoración hay que crear espacios donde el ánimo de cada uno encuentre su equilibrio, porque éste es una emoción que no remite, que no se puede relacionar con un acontecimiento determinado. Da igual el día, la hora o  lo que hagamos,  siempre estamos con un estado de ánimo que por lo general no elegimos ni controlamos. Por eso decimos: Es un resentido, es un triste, es un pasota….

Hagamos una reflexión. ¿Existe relación entre cerebro y espacio?

De entrada, fabricamos más oxitocina y serotonina, relacionados con la relajación y el disfrute, si nuestros entornos son agradables.

¿Y la relación entre espacios amplios y pensamiento creativo?; o ¿ el poder de la naturaleza para estimular la concentración y la curación después de una enfermedad?.

¿Cuántos de nosotros nos atrevemos a reflejar nuestros sueños, nuestras necesidades vitales, en los espacios que habitamos?

Desde luego debemos de ser pragmáticos pero, sin dejar de lado que los espacios que nos rodean, públicos o privados, nos afectan en el humor y en  la forma de pensar. Debemos de estimular lo mejor que llevamos dentro.

¿Cuántas veces me han dicho…. Sí, lo haría, pero prefiero no arriesgar?

Por último, me voy a permitir algunos consejos muy básicos con los que cualquiera se atrevería:

  • Utilizar flores y plantas: Si es posible flor cortada que nos relaja de forma visual y por el aroma.
  • Utilizar velas blancas: Son más económicas y aportan un aire de calma.
  • Aprovechar la luz natural: La luz solar ahorra energía y aporta salud.
  • Colores de la pintura adecuados: Fríos para el descanso y cálidos para zonas de trabajo y estar.
  • Rodéate de libros: Hazte con una buena biblioteca de modo que tu cerebro cambie el chip a modo relajación.
  • Añade mantas y cojines: Aunque no se usen aportan un toque cálido y acogedor.

Pero lo más importante, alegra tu casa, con guiños de humor, donde tienes que vivir feliz, un poco imperfecta, vivida, que funcione y no un escaparate.

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Hace unos días llegamos mi “socia-amiga” y yo a la estación de Málaga, nos esperaban unos profesores para presentarles el proyecto de GCT “Walk Together Program”,teníamos tiempo de pasar por una franquicia famosa por sus “donuts” y tomarnos un té, y así lo hicimos … la chica que nos atendió nos ofreció una gran variedad.

Mi socia uno verde, con jazmín y no sé cuántas cosas más, todas de sugerentes nombres y exóticos matices, yo voy a lo seguro, un negro Djarleing.

Ella sin azúcar ni edulcorante, yo, azúcar.

Los prepara y encima de uno de ellos pone el sobre piramidal de azúcar. Ambos pensamos que es mi Djarjerling y nos lo repartimos.

Comenzamos una animada conversación y vamos bebiendo, asumiendo cada uno que tenía la bebida previamente escogida, craso error.

Ella me dice: “tú estás seguro de que tú té es el verde”… por breves instantes habría dado mi vida por afirmar que era así.

Curiosamente me parecía un té excesivamente floral, con matices, etc, pero me lo negaba, era mi té negro lo que tenía entre las manos.

Me había construido un mundo alrededor de mi té. Falso, por cierto.

Así funcionan en nosotros los paradigmas y las creencias.

Yo me había creído a “mi té”, era “mi verdad” y me había montado un paradigma en torno a los matices de la bebida, su color, su aspecto, etc.

Tenemos creencias en todos los ámbitos de nuestra vida y configuran nuestro paradigma vital.

El trabajo, las relaciones, política, amor… está impregnados de nuestras creencias y se convierten en un elemento gestor de nuestra vida.

Muchos de los planteamientos empresariales o personales vienen dados por el somos/soy así, por lo tanto, no puedo/no podemos hacer esto o aquello…

Si nos preguntáramos, entre otras ¿qué pasaría sí …? Tal vez empezaríamos a romper con muchas creencias que nos condicionan.

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Nuestro hogar va más allá de las cuatro paredes que habitamos. Nuestras necesidades a lo largo del tiempo van cambiando y podemos mudarnos de casa o reestructurar la que tenemos. Lo más habitual es que vayamos adaptándola a estos cambios. Los desafíos que se nos presentan son apasionantes pero a la vez complicados. Leer más »

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¿Qué queréis ser en la vida? Pregunta lanzada a  3 adolescentes. Inmediatamente  se apresuran a contestar. “Yo siempre lo he tenido claro. Yo quiero ser como mi padre, arquitecto”. El segundo dice, pues yo todavía no estoy seguro, admiro mucho a mi primo Juan que es abogado, trabajo en un despacho de prestigio, y la verdad que me molaría mucho ser como él.

El tercero, Jaime, no sabe muy bien pero intenta buscar una respuesta al nivel de la de sus colegas. “Pues yo seguramente montaré mi propia empresa. Todavía no sé de qué pero seré empresario”. Leer más »

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Cada uno tiene tantas visiones de lo que es un líder como líderes puede recordar, y ha de hacer un trabajo concienzudo para conseguir identificar un rasgo abstracto, una cualidad común más allá de las características específicas de cada uno de ellos.

Vemos liderazgos como vemos personas. Tantos liderazgos como individuos que lideran. Vemos manzanas rojas, coches rojos, flores rojas, y creemos tener claro qué es el “rojo” hasta que tenemos que definirlo y nos topamos con el muro de lo inefable. Leer más »

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Vivimos abrumados por ofertas que pretenden descargarnos de toda relación con las consecuencias de nuestros actos.

Esto es una versión pendular de otras épocas en las que al individuo, a través del expediente de la culpa, se le imputaban las causalidades propias y también las ajenas. Si granizaba y la cosecha se echaba a perder, probablemente el agricultor habría ofendido a los dioses, ya saben.

Tendemos a pensar que TODO tiene una respuesta rápida, que SIEMPRE hay un atajo que lleva inmediatamente a la solución de CUALQUIER problema, por grave que sea y por complejas que sean las circunstancias que lo rodean.

Es éste un síndrome peculiar, que no conoce de sesgo sociológico ni discrimina por nacimiento. Afecta incluso a quienes, por su nivel educativo, habrían de estar razonablemente protegidos frente a sus contagiosos efectos.

Hoy triunfa la terapia breve, la acción directa e indolora contra la grasa localizada; se gana la batalla contra la edad a través de un producto que nos ofrece en televisión quien menos aspecto tiene de necesitarlo. Triunfan las ofertas del aprendizaje subliminal y overnight de cualquier idioma, la cualidad de master en cualquier disciplina, a distancia y en poco tiempo, sin la tediosa y anticuada necesidad de esfuerzo. Hágase programador en Java en tres sencillas lecciones y funde la nueva MICROSOFT, compita con ORACLE, sea el David que reta al Goliath de APPLE.

Estamos ante un auge desaforado de la tecnología, y del culto a la misma, que raya la fe ciega y acaba contagiando su formato a otras áreas que nada tienen que ver con aquélla. Clientes que van a su abogado para que les diga cómo pueden hacer, de manera legal, cualquier cosa. No admiten un “no se puede hacer eso” por respuesta. No me diga que no puedo: dígame “cómo puedo” hacerlo.

Y el que no acepta un NO generalmente viene lastrado por la seria dificultad de aceptar una vieja palabra, misteriosa, casi esotérica y en desuso:RESPONSABILIDAD.

Hace días un amigo traumatólogo me comentaba extrañado que en los últimos meses venían a su consulta pacientes lesionados que relataban, sin pudor alguno, que habían estado practicando los deportes que el galeno expresamente les había contraindicado poco tiempo antes. Al sufrir el (previsible) problema, simplemente se presentaban en el médico y le pedían una cura inmediata, a través de fármacos o de fisioterapia,pero rapidita.

Y ninguno le admitía que pudiera ser que un fisioterapeuta, por bueno que fuera, no pudiese curar los efectos continuados de un uso irresponsable del cuerpo. Es más, alguno le afeaba que se le llamara la atención sobre el particular.

Muchos pacientes quieren una solución inmediata, cuando no una salvación. El paciente quiere que le salven de los pecados que ha cometido, con lo que el médico pasa a convertirse en salvador, sin que el primero ponga de su parte.

Esta situación se reproduce en infinidad de ámbitos y en todos los casos aparece, de manera más o menos velada, la total ausencia de responsabilidad del deportista temerario lesionado o del paciente que trabaja denodadamente por conseguir una úlcera cuanto antes.

Las consultas de las afecciones o incomodidades que no son puramente físicas no escapan al fenómeno, y tanto las escucha el psicólogo como el coach. Muchos clientes quieren modificar su comportamiento y posibilitar la consecución de metas que se les vienen resistiendo. Pero algunos no quieren pasar por el necesario proceso ni, desde luego, esforzarse en la parte que les toca.

Buscan la píldora mágica, el truco que les lleve de la situación actual (la no deseada) a una mejor en la que se encuentren más cómodos o en la que puedan ver cómo sus objetivos se van alcanzando (la deseada).

Y ahí vemos dos perfiles curiosos distintos. Por un lado, el de quien busca respuestas a sus preguntas, o mejor dicho, el que espera que el de enfrente responda a sus preguntas (que no es lo mismo) y por otro, el que directamente espera que le digan lo que tiene que hacer.

El primer caso nos lleva a quien espera que la comprensión intelectual de un proceso le permitirá controlarlo. Cree que saber cómo funciona el proceso del reflejo de la rodilla le permitirá no moverla cuando el médico le golpee suavemente bajo la rótula.

El segundo nos muestra a quien renuncia a tomar decisiones por sí mismo, a hacerse responsable de sus actos y, por tanto, a asumir las consecuencias de los mismos. Acude este tipo particular al psicólogo y le pregunta directamente si debe dejar su trabajo o quedarse, si debe poner fin a la relación de pareja o continuar en ella, y así hasta el infinito.

Y en este punto, malo será el profesional que ponga al cliente sobre la mesa órdenes en vez de preguntas inteligentes; soluciones en lugar de interrogantes. Y desdichado el que se encuentre con ese profesional, porque se encontrará en un círculo vicioso que, sin la menor duda, le llevará a cambiar de psicólogo, de coach o de amigo porque el que tiene lo le arregla la papeleta, sino que pretende que el interesado pase por el trance de decidir y de responsabilizarse.

Una de las causas de esta situación generalizada se adivina en cuanto uno se adentra en los mass media. Todo aquel que, teniendo medios económicos, no acabó los estudios, es una víctima del sistema. El que viniendo de un entorno estructurado acabó en la delincuencia, habiendo podido elegir otra vida, es víctima del sistema. El que permanece anclado en un entorno laboral limitante y nada enriquecedor, teniendo la capacidad y los medios para cambiar, es víctima de la sociedad de consumo. Y el que compró un coche deportivo porque el banco le daba un crédito extraordinario y ahora no puede pagarlo es víctima de las maquinaciones del leviatán bancario mundial.

E irán al asesor de turno a que les arregle la papeleta, olvidando que nadie les va a cambiar de trabajo, ni a sacarles de una relación tóxica si ellos no quieren y no hacen lo necesario de su parte.

  • Oiga, no me dé la brasa.
  • Sálveme o déjeme en paz.

Yo, para variar, acudo al clásico. Todo está inventado. Nihil novo sub sole. Miremos al oráculo de Delfos: noscete ipsum. Conócete primero a tí mismo. El resto viene después.

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He observado cuando estamos con niños y nos comunicamos con ellos. Lo primero que hacemos es cargarnos de paciencia. Palabras entrecortadas, sin terminar…hacen que necesitemos tiempo para descifrar lo que nos intentan decir. Y sorprendentemente, y aunque podamos caer en la desesperación aguantamos siempre un poquito más para finalmente hacernos cargo de lo que nos quieren transmitir. Sabemos que les cuesta, pero nos despiertan tanta ternura que hacen que nos merezca la pena. La parte emocional se desliza y entremezcla con la racional y suaviza la necesidad de inmediatez o prisas.

De repente crecemos, y ¿qué nos pasa?. Apenas nos hablan y sin terminar ya estamos sacando conclusiones, suposiciones, interpretando y poco más que nos lanzamos a una defensa digna de una de las mejoras batallas feudales. Especialmente en un ambiente laboral donde la competitividad es absoluta en los tiempos que corren.

Como en otras ocasiones siempre invito a la experimentación. Escuchemos durante un día a nuestro compañero o colega de trabajo con la ternura y atención con las que escucharíamos a un niño. Y observemos si nuestra respuesta después de esa escucha cambia a la habitual y al revés. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo nos hemos sentido? Y ¿y cómo se ha sentido la otra persona?.

Si queremos provocar un cambio en este sentido y que ese nivel de escucha forme parte de la cultura empresarial, es necesario una verdadera concienciación en todos los niveles y estratos de la compañía. Sobre todo y  muy especialmente que la dirección de la empresa junto con recursos humanos empujen y creen la logística necesaria para ella. Desde el director ejecutivo hasta el bedel de la puerta tienen que estar inmersos en ese cambio cultural.

Sin una escucha óptima se pierden acuerdos, se pierden ideas, se pierde presente y se pierde futuro. ¿Cuánto dinero suponen todas estas pérdidas para la empresa? Calcúlenlo, da miedo…

 

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Cuenta la historia que cuando César realizó su primera invasión de Britania, no tomó en cuenta las mareas que se presentaban en la costa de Kent en plenilunio.

El resultado fue nefasto para su flota, que sufrió numerosos daños antes de comenzar la batalla.

Se retiró, y tomó en cuenta la observación de las mareas, su impacto en la costa y cómo podía beneficiarse de ellas.

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